
victor vimos
¿NOS PODEMOS VER A ESCONDIDAS?
Durante los meses que duró la lluvia, las orillas de tu piel fueron mi abrigado refugio. Me gustaba ver, desde el fondo de la habitación, cómo las diminutas gotas de agua iban empañando los vidrios, mientras apretabas la respiración contra mi pecho como si quisieras olerme la sangre.
Lo hacíamos de todas las formas posibles, acomodando el sudor en la bañera, en el sofá, debajo de las macetas y hasta encima de los gatos, destrozándonos los músculos a punta de ternura. Pero tuvo que llegar el verano y, además de traer en la brisa a los colibríes, las cometas y las semillas que lentamente empezaron a desperezarse, también vino arrastrando de la corbata al escarabajo de tu marido.
DÉJENME DECIRLES ALGO
¡Putas! la Silvana, la Patricia y la otra morena que se pintaba el pelo de amarillo. Mujeres enmohecidas que me engulleron con sus lenguas, olvidándose de todos los versos que recitaba para ellas, mientras trataba de subirles la falda y bajarles un poquito la vergüenza. Tenían toda mi fidelidad, el hilo de mi trompo y hasta la renuncia absoluta de mis huesos, a deambular de rocola en rocola buscando hormigas brillantes con el loco Miguel. Pero todas se marcharon en buses, en taxis y hasta a pie, huyendo de este ciudadano silencioso, que siguió golpeándose los puños en las enaguas de las madrugadas, con la esperanza de que alguna de ellas encendiera la luz y, por un momento, me calmara el frió.
UNA RAYA MÁS AL TIGRE
Mi vecina, doña Lupe, ni siquiera sospecha que ya empecé a saborear la frutilla que le creció, a la más pura de sus hijas, en medio de las vellosidades.
¡Ay mi suegrita! Apuesto que sigue convencida que lo único que hacemos juntos, es salir de la mano a romperle la cara a la luna a punta de versos.
QUE NO SE LES OLVIDE:
NUNCA ME ASUSTO LA MUERTE
Así que una noche, sin más prorrogas ni despedidas, cargué la última bala que me quedaba en el tambor oxidado del revolver que me regaló el viejo Carlos. Sin temblar llevé el cañón frío hasta el lado derecho de mi cabeza y, por el solo hecho de no seguirle dando gusto a la mala suerte que en esos días se acostaba en mi cama, apreté el gatillo y mandé al demonio a todas las golondrinas que me sobrevivían en los sesos.
Sin embargo aquí me tienen, muerto, caminando entre ustedes.
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