Cerveza en mano emprendo la lectura del poemario Perinola de Víctor Vimos.
Si bien la mayoría de los textos tratan sobre las tribulaciones y entuertos con los que tiene que lidiar el poeta en su constante ansia de “probar el néctar macerado de los pliegues femeninos”, lo fundamental en este texto no es el erotismo, sino el sabio uso del humor negro, algo poco común dentro de la tradición poética ecuatoriana, que salvo contadas excepciones (como Edwin Madrid, Huilo Ruales, recientemente Miguel Antonio Chávez y Enver Carrillo), se ha caracterizado por ser pomposa y soporífera.
De allí la importancia de esta Perinola, libro que surge lejos del circuito comercial de la literatura, pero que contribuye a esa renovación que necesita la poesía nacional.
Si bien insisto en que la clave es el humor, hay que dejar en claro que Vimos no pretende que el lector se cague de la risa: lo suyo es más sutil que el provocar carcajadas histéricas.
Se trata de usar la ironía que atraviesa el fracaso (sobre todo en las relaciones amorosas), buscar en el lector a un compinche análogo a personajes como “El Loco Miguel” o “El Maestro”, quienes con su farra interminable dejan un rastro de alcohol y cenizas en las páginas del poemario.
Esta identificación entre el lector y el texto, surge debido a la honestidad brutal del libro, y se facilita gracias al uso de un lenguaje simple, directo, con un adecuado manejo del argot, de allí que es muy difícil no reconocerse en sus páginas…
Es que solo la ordinaria locura de lo cotidiano es lo que le da legitimidad a la noche, por eso bailar frente a un cementerio se vuelve trascendente para conservar la vitalidad y una vulgar máquina de escribir es leiv motiv para pegarse un polvo.
Estas imágenes por si solas parecen irreales, pero cuando la Perinola activa su noctámbulo girar, estas vesanias adquieren esa vitalidad indispensable para que el texto despegue.
Esto es todo lo que puedo decir de momento, porque ya la señora de la tienda no me quiere fiar más bielas, así que mejor emigro a algún local donde pueda seguir brindando en honor al libro de mi pana Víctor.
¡Salud profeshor!
Si bien la mayoría de los textos tratan sobre las tribulaciones y entuertos con los que tiene que lidiar el poeta en su constante ansia de “probar el néctar macerado de los pliegues femeninos”, lo fundamental en este texto no es el erotismo, sino el sabio uso del humor negro, algo poco común dentro de la tradición poética ecuatoriana, que salvo contadas excepciones (como Edwin Madrid, Huilo Ruales, recientemente Miguel Antonio Chávez y Enver Carrillo), se ha caracterizado por ser pomposa y soporífera.
De allí la importancia de esta Perinola, libro que surge lejos del circuito comercial de la literatura, pero que contribuye a esa renovación que necesita la poesía nacional.
Si bien insisto en que la clave es el humor, hay que dejar en claro que Vimos no pretende que el lector se cague de la risa: lo suyo es más sutil que el provocar carcajadas histéricas.
Se trata de usar la ironía que atraviesa el fracaso (sobre todo en las relaciones amorosas), buscar en el lector a un compinche análogo a personajes como “El Loco Miguel” o “El Maestro”, quienes con su farra interminable dejan un rastro de alcohol y cenizas en las páginas del poemario.
Esta identificación entre el lector y el texto, surge debido a la honestidad brutal del libro, y se facilita gracias al uso de un lenguaje simple, directo, con un adecuado manejo del argot, de allí que es muy difícil no reconocerse en sus páginas…
Es que solo la ordinaria locura de lo cotidiano es lo que le da legitimidad a la noche, por eso bailar frente a un cementerio se vuelve trascendente para conservar la vitalidad y una vulgar máquina de escribir es leiv motiv para pegarse un polvo.
Estas imágenes por si solas parecen irreales, pero cuando la Perinola activa su noctámbulo girar, estas vesanias adquieren esa vitalidad indispensable para que el texto despegue.
Esto es todo lo que puedo decir de momento, porque ya la señora de la tienda no me quiere fiar más bielas, así que mejor emigro a algún local donde pueda seguir brindando en honor al libro de mi pana Víctor.
¡Salud profeshor!
Fernando Escobar Páez
Quito, Ecuador.
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